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Los Jaliscos sacaron a la familia y los hincan aquí aquí nos vale madre, van a pelear por el patrón cuando se le pregunta de qué lado lucha tiene cuidado de no decir “Cárteles Unidos”.

- 15:22:00



Los Jaliscos sacaron a la familia y los hincan aquí aquí nos vale madre, van a pelear por el patrón cuando se le pregunta de qué lado lucha tiene cuidado de no decir “Cárteles Unidos”.

El retén del cártel no parece gran cosa, solo hay unos troncos regados por la carretera de dos carriles. Dos tipos con camuflaje, chaleco antibalas, cargando ametralladoras, se acercan y nos hacen un gesto para que nos detengamos.

Nosotros ya esperábamos este obstáculo. El sol se está poniendo y en la noche los dos grupos que luchan por el control de la región de Tierra Caliente en Michoacán convierten la principal vía que conecta las capitales municipales de Aguililla y Apatzingán en tierra de nadie. No teníamos previsto estar aquí y no estamos seguros de qué cartel nos está deteniendo.

Uno de los dos hombres de las metralletas y bufandas de balas se acerca a nuestro coche. De cerca podemos ver sus antebrazos tatuados y su bufanda de balas de alto calibre. Nos comienza a hacer preguntas. Le explicamos que somos periodistas filmando un documental. Nos mira escéptico y le habla a su comandante a través del walkie-talkie atado a su chaleco antibalas.

“Oiga, aquí tengo a unos muchachos … que son?” 

“Reporteros”.

“Que son reporteros”.

Hay una pausa y la radio emite un pitido. Podemos escuchar a su jefe preguntar: “¿De los que hacen una película?”

“Afirma, afirma”.

IZQUIERDA: UN PISTOLERO DEL CÁRTEL JALISCO NUEVA GENERACIÓN (CJNG) EN UN CEMENTERIO CERCA DE EL AGUAJE, MICHOACÁN. DERECHA: COMANDANTE DEL CJNG CERCA DE EL AGUAJE. FOTOS DE MIGUEL FERNÁNDEZ-FLORES.

Se aparta a un lado para recibir órdenes. Estamos en territorio en disputa, en un frente de guerra; de un lado está el Cártel Jalisco Nueva Generación, o CJNG. El grupo ha alcanzado el dominio nacional en México en una ola de derramamiento de sangre, con algunos de los combates más brutales concentrados aquí a lo largo del borde occidental de Michoacán. El fundador del CJNG, Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho, nació en un rancho a solo media hora de la carretera donde estamos.

Las fuerzas de Oseguera invadieron Michoacán en 2019. Tendieron una emboscada donde mataron a 14 policías estatales y dejaron una nota que acusaba a la policía de servir a cárteles rivales. Los enemigos del CJNG son cárteles locales que han dividido la Tierra Caliente en pequeños feudos. Después de años de disputas, en los últimos 18 meses estos grupos formaron una alianza conocida como los Cárteles Unidos, uniéndose para hacer retroceder la incursión de Jalisco. La lucha ha involucrado drones con explosivos, camiones “monstruos” blindados y asesinatos brutales de ambos lados.

Ese día habíamos planeado hacer una entrevista al CJNG a través de nuestros contactos, pero no llegaron a la hora prevista y dejaron de responder a nuestros mensajes. Nos dejaron volando a ciegas mientras atravesábamos una carretera de regreso a las líneas del frente. En el puesto de control, según nuestra ubicación, sospechamos que estamos hablando con los Cárteles Unidos. Un líder muy conocido de los Cárteles Unidos nos había dado una entrevista antes en nuestro viaje, así que nos la jugamos y mencionamos su nombre a los hombres armados.

El tatuado transmite por walkie talkie nuestra explicación a su jefe. Pasan unos momentos antes de que el radio contesta con una orden severa de una sola palabra. "Regresa". Nos dice que nos va a parar un vehículo. 

Una Jeep Cherokee blanca nos detiene 100 metros más atrás, cuando regresamos por donde venimos. Un hombre rellenito con una camiseta de camuflaje, gorra y chanclas se baja de la Cherokee cargando un rifle M16. No nos lo está apuntando directamente, pero lo mantiene listo mientras nos ordena que salgamos del coche, justo en medio de la autopista.

En ese momento tenemos que detener la grabadora.

En todos nuestros años reportando para VICE, incluidas varias expediciones anteriores que habíamos hecho al corazón del territorio de los cárteles, nunca habíamos tenido un momento de terror como este. México es el país más mortífero del mundo para los periodistas, con al menos nueve personas asesinadas como consecuencia de su trabajo periodístico solo el año pasado. Formar parte de la prensa internacional te brinda cierto grado de protección que nos ampara mientras estamos detenidos. Los reporteros locales enfrentan los peligros más graves, casi siempre sin amparos, ni excusas.

Viajamos a Tierra Caliente para relatar el último capítulo sangriento de lo que es esencialmente una guerra civil, una que se ha prolongado más que los conflictos en Siria, Ucrania y Yemen, en donde decenas de miles han muerto y han sido desplazados. El final de 2021 marcará 15 años desde el inicio de la “guerra contra el narcotráfico” en México. Esta guerra comenzó oficialmente en diciembre de 2006, cuando el entonces presidente Felipe Calderón desplegó miles de soldados para derrocar al cártel que aterrorizaba a Michoacán, su estado natal, del que fue candidato a gobernador. 

Durante mucho tiempo, las tropas mexicanas han desempeñado un papel fundamental en la guerra contra las drogas (a veces luchando contra los traficantes, otras veces facilitando sus actividades), pero Calderón inició una nueva era de militarización financiada por Estados Unidos, que ha enviado 3.300 millones de dólares en ayuda de seguridad desde el 2008. La laxitud de las leyes estadounidenses en materia de armas y una frontera más bien porosa, han permitido que fluya el contrabando de millones de armas militares hacia el sur. La guerra de Calderón pronto se extendió más allá de Michoacán, hundiendo a todo el país en una espiral descendente de violencia que continúa hasta el día de hoy. Los homicidios se han más que triplicado desde 2006, con 34.515 asesinatos registrados en 2020. Y esos son los registrados.

El actual presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, o AMLO, fue el némesis político de Calderón en 2006 y luego hizo campaña con el lema “abrazos, no balazos” y una vaga promesa de reducir la escalada de la guerra contra las drogas. Pero desde que asumió el cargo, AMLO ha hecho exactamente lo contrario, cambiando el nombre  y el uniforme de algunas unidades policiales y militares para denominarlas Guardia Nacional y apoyándose aún más en el ejército para tareas de vigilancia. López Obrador ha jugado con la posibilidad de revocar el acuerdo histórico de seguridad existente con Estados Unidos, pero por ahora las cosas continúan como de costumbre.

AMLO culpa a sus predecesores por los continuos problemas de seguridad del país. Cuando le preguntamos sobre Michoacán en una conferencia de prensa en octubre, ofreció una respuesta críptica sugiriendo que la raíz del problema es la corrupción. (Irónicamente el gobierno de AMLO intervino recientemente para evitar que Estados Unidos enjuiciara al exsecretario de Defensa de México por cargos de narco-corrupción y luego absolvió rápidamente al general de cualquier delito).

“Y claro que ha crecido. La delincuencia y sobre todo, lo más lamentable, los homicidios”, dijo AMLO. “Porque ya está quedando de manifiesto otro error. Permitieron la creación de asociaciones criminales entre autoridades y delincuentes”.

Cuando se le pidió que aclarara, AMLO continuó: “Si no está bien pintada la raya de la frontera entre autoridad y delincuencia, no se avanza. Los estados donde tenemos más problemas son los que permitieron el aumento de esta asociación. Es mucho más difícil resolver el problema de la violencia”.

Es dudoso que México (o Estados Unidos) “resuelva el problema de la violencia” en el corto plazo, pero estábamos en Michoacán para tratar de entender si algo podría cambiar para mejor. Al final, encontramos algunas razones para tener esperanza, pero primero, teníamos que encontrar la manera para salir de ese puesto de control del cártel.

Nuestro viaje comienza en un pequeño pueblo muy tranquilo en Tierra Caliente, aproximadamente a una hora en automóvil al oeste de la capital regional de facto, Apatzingán. Estamos estacionados junto a una plaza desierta esperando encontrarnos con un líder de los Cárteles Unidos. Los punteros y halcones en moto llevan horas dando vueltas por la plaza, mirándonos de reojo. El jefe, como siempre, llega tarde.

Nos están recibiendo aquí porque los Cárteles Unidos están haciendo una ofensiva de relaciones públicas, buscando publicidad favorable en los medios. Su coalición incluye al menos media docena de grupos criminales, incluidos algunos que se formaron hace años con el aparente propósito de defender al pueblo de Michoacán de la extorsión y los secuestros de los cárteles. Estas autodefensas originales comenzaron a aparecer en 2013 y eran una mezcolanza de milicias comunitarias. Algunas eran fuerzas genuinamente lideradas por ciudadanos que se alzaron en armas para derrocar a los Caballeros Templarios, un cártel parecido a un culto que una vez tuvo un control completo sobre el estado.

Pero los rivales y desertores de los Caballeros Templarios tomaron nota. Los ex miembros del cártel descubrieron que al disfrazarse y usar la etiqueta de autodefensa les generaba una cobertura mediática favorable y la aceptación del gobierno mexicano. A algunos de los vigilantes se les entregaron rifles y uniformes, pero en los años posteriores muchos volvieron a trabajar al margen de la ley, traficando metanfetamina y extorsionando “cobro del piso'' a negocios locales para protegerse.

Para ganarse los corazones y las mentes de las comunidades en la guerra contra el CJNG, los Cárteles Unidos han intentado revivir la etiqueta de las autodefensas y presentarse como protectores de la comunidad una vez más. Recientemente una facción organizó una sesión de fotos con mujeres (algunas embarazadas) portando rifles de asalto y haciendo guardia en barricadas con niños a cuestas. Algunos grupos han repartido paquetes de ayuda con alimentos y suministros básicos durante la pandemia. Pero el barniz de benevolencia se desvanece cuando uno de los altos jefes de los Cárteles Unidos finalmente hace su aparición. 

El don está rodeado por al menos dos docenas de sicarios que saltan de sus camionetas como si fueran de película, todos con sus rifles automáticos y chalecos tácticos. Algunos parecen hipsters de Brooklyn, con jeans ajustados y rotos de fábrica,  camisetas de boxeador y tirantes. Sus barbas las llevan largas, bien modeladas. Uno lleva un corte de pelo como en mullet, como  el de “Tiger King”, con sus rayitos pintados de rosita y vainilla, y su bigotito de hilo. Hay una mujer en el grupo, armada hasta los dientes con un lanzagranadas pegado al cañón de uno de los dos AR-15 que porta, luciendo una banda de calaveras tatuadas alrededor de sus bíceps. El jefe grande usa una camisa polo y su Colt .45 con cachas en oro fajada en la cintura de sus jeans desgastados de diseñador. A primera vista no parecen exactamente el grupo de campesinos humildes que el término autodefensa pretende evocar.

A pesar de que hablamos con él varias horas, el jefe grande no nos deja grabar su entrevista; le preocupa que le cause problemas con el gobierno o con los otros líderes de los Cárteles Unidos. Pero habla abiertamente sobre su negocio y niega con la cabeza al recordar el levantamiento de las autodefensas.

“Hubieran venido aquí hace 10 años”, dice. “Eso era el Viejo Oeste”.

“¿Y ahora?”

“Bueno, pues sigue siendo el Viejo Oeste, ¿verdad? jajaja”, responde con una sonrisa. Describe la “unión” de cárteles como un esfuerzo por restaurar algo parecido al orden. “Mira, yo soy un criminal. Pero estamos tratando de lograr la paz en estas comunidades uniendo fuerzas con mis antiguos enemigos ”.

El jefe grande  nos ofrece a cambio acompañarnos hasta El Aguaje, el pueblo más disputado en la batalla contra el CJNG, una zona que alguna vez fue el hogar de alrededor de 5.000 personas que trabajaban en las granjas del limón. El Aguaje tiene la desgracia de estar estratégicamente ubicado cerca del desvío de la carretera a la ciudad natal de El Mencho pero después de cambiar de manos varias veces durante los últimos 18 meses, ahora es un pueblo fantasma, con vocación involuntaria de frente de batalla. Cáscaras carbonizadas de coches quemados salpican las calles. Muchas casas están abandonadas y acribilladas a balazos. Nos dicen que quedan menos de 50 familias en medio de la nada

La mano derecha del patrón se presenta como Juan Carlos y nos dice que es de El Aguaje mientras nos pasea por una casa saqueada. Miles de casquillos de bala están esparcidos por el suelo mezclándose al universo de cosas abandonadas por la familia que vivía ahí: fotos, álbumes, recibos de teléfono, videocassettes. En la cocina hay un colchón sucio con ilustraciones de los Looney Toons arrastrado desde lo solía ser el dormitorio de un niño al final del pasillo. Juan Carlos dice que el CJNG lo convirtió en barricada después de tomar el control de la ciudad. La familia que una vez vivió aquí fue desplazada, dice, y el hombre de la casa desapareció después de que se negó a unirse al cártel para pelear contra el cartel invasor.

“Los Jaliscos sacaron a la familia y los hincan aquí”, dice Juan Carlos, señalando el porche de la casa mientras repite las palabras de los testigos.

“Oiga, pero pues nosotros no somos gente de problemas”.

“Aquí nos vale madre, van a pelear por el patrón”.

Cuando se le pregunta de qué lado lucha, Juan Carlos tiene cuidado de no decir “Cárteles Unidos”. Prefiere “Pueblos Unidos”,el término más inclusivo porque también están involucradas algunas “autodefensas legítimas”. El ejército también ayuda capturando ocasionalmente a miembros del CJNG, dice, “pero no es suficiente”.

“No queremos familias descuartizadas, no queremos robos, secuestros, estamos cansados de eso. Estamos cansados. Y vamos a luchar. Tal vez yo no viva para contarlo, pero vamos a morir en el intento. Vamos a sacar a los Jaliscos de aquí”.

El jefe de los Cárteles Unidos que ha estado esperando cerca pero a distancia, interrumpe nuestra entrevista con Juan Carlos, toca la bocina de su camioneta y nos hace señas para que nos apuremos y de pronto hay prisa de irnos. Se arranca a toda velocidad la autopista y nosotros luchamos por mantener alcanzarlo. Por el momento, no nos dan mucha explicación de lo que está sucediendo, solo nos dicen que El Aguaje ya no es seguro. Hasta un par de horas después nos enteramos de que alguien de su organización fue asesinado a solo unos kilómetros del lugar de nuestra entrevista.

El jefe nos lleva a otro pueblo que está bajo su control en donde hay una feria de pueblo con juegos mecánicos y comida, y ‘La Culebra’ como soundtrack a todo volumen en las calles. Estamos rodeados de los hipsters de los rifles, que cuidan a su patrón a distancia,  mientras vehículos todoterreno de aspecto caro pasan a toda velocidad. Claramente el jefe grande está satisfecho. Nos dice que le preguntemos a cualquiera, aquí es un lugar seguro, y la gente vive bien y sin miedo. ‘Aquí nadie me tiene miedo’. Pero no se nos permite filmar ni realizar entrevistas. Esa seguridad de las metralletas nos recuerda a la casa de los espejos locos de las ferias, donde la realidad es un espejo cóncavo donde se ve una ciudad tranquila y feliz se ve a través de un espejo 

Al principio de nuestro viaje conocimos a una mujer de veintitantos a la que llamaremos Rita, que se vio obligada a huir de El Aguaje con sus hijos pequeños. Nos contó cómo es la vida bajo el gobierno de un cártel realmente. Se acostumbró a ver gente armada alrededor, y durante un tiempo se sintió relativamente en paz, principalmente porque nadie disparaba las armas. Luego comenzaron los tiroteos, a veces en la calle justo afuera de la puerta principal de la familia.

Rita y su pareja trabajaban en los huertos de limón, y su empleador les proporcionó un hogar cómodo con suficiente espacio para toda la familia, además de un salario para mantenerlos.

“Jugábamos voleibol, nos juntábamos a jugar lotería con los vecinos, hacíamos comidas los fines de semana”, dice Rita, recordando el día en que la familia se separó. Su pareja se fue a un juego de voleibol una noche y ella se quedó en casa con sus hijos.

 

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